Supongamos por un momento que el Comité Olímpico, en un rapto de
pintoresco pragmatismo, hubiera suprimido los controles antidopaje. ¿Qué
tipo de atletas veríamos en los juegos de Londres? Puesto que,
redondeando un poco, todos tomarían las mismas drogas anabolizantes,
estimulantes y vigorizantes, ¿llegarían todos a la meta en el mismo
microsegundo? ¿Saltarían la misma altura, nadarían igual de rápido,
lanzarían el mismo peso a la misma distancia? Seguro que no. Como saben
muy bien los biólogos, esos experimentos nunca funcionan así, porque
cada atleta tiene genes distintos.
Los Juegos Olímpicos de
Londres, sin embargo, pueden ser los últimos en que los atletas compitan
con sus genes intactos. “Las olimpiadas mejoradas genéticamente están
al llegar”, aseguran en Nature Juan Enríquez y Steve Gullans, directores
ejecutivos de Excel Venture Management, una firma de capital riesgo de
Boston que invierte en nuevas empresas del sector de sanidad y ciencias
de la vida. Si Enríquez y Gullans saben dónde poner su dinero, como
parece muy probable, sus cálculos deben indicar por dónde irán los tiros
en este sector.
¿Han olido estos expertos de Boston alguna
oportunidad de hacer dinero en el área de la modificación genética de
los deportistas? “No creo que en este momento haya negocio en esto”,
responde Enríquez. “No he visto inversión alguna en esa área; pero sí
creo que los tratamientos para curar enfermedades como la de los ‘niños
burbuja’ (inmunodeficiencias hereditarias) o la fibrosis quística
eventualmente van a llevar al equivalente de la cirugía plástica, pero
en versión genética”.
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